La descripción del laberinto
El contexto histórico es el laberinto en el cual una
persona deambula. Impone restricciones, obliga a tomar decisiones, enfrenta al
protagonista a una encerrona que lo fuerza a retroceder. Pero siempre mantiene
viva la esperanza de encontrar la salida. En estos días de verano leí Diario
de una temporada en el quinto piso y Raúl Alfonsín. El planisferio
invertido de Juan Carlos Torre y Pablo Gerchunoff, respectivamente. Aunque
el segundo libro tiene un objeto temporal más amplio, es claro que el paso de
Alfonsín por la presidencia se lleva la parte del león. De modo tal que, desde
puntos de vista diferentes y con estilos narrativos también distintos, cada uno
habla de lo mismo.
Hay, por supuesto, otras superposiciones además de la
estrictamente temática. Aunque secundario, Gerchunoff es uno de los personajes
que aparece en el libro de Torre. Y, por supuesto, como no podía ser de otra
forma, el Diario es referenciado en la biografía de Alfonsín al analizar
la política económica de los ochenta. ¿Cortesías ditellianas? Probablemente. Pero
ambas obras tienen además una pretensión de reivindicar a quien le tocó
presidir la década pérdida. Se trata de intentos de comprender al autor de una
obra que sigue inacabada porque precisamente su legado fue el de darnos las
herramientas para que fuéramos los creadores de nuestro propio destino colectivo.
Y, en ese sentido, así como Alfonsín tuvo que ser Teseo en su propio laberinto,
él fue, en parte, el Dédalo del laberinto en el que nos encontramos hoy. Como
Alfonsín en los ochenta, nosotros tenemos la esperanza de encontrar la salida. Pero,
como dice Torre en un pasaje de su Diario que me impactó profundamente,
no hay peor agonía que la de quien vive aferrado a la esperanza. La democracia
argentina, a cuarenta años, es esperanza y agonía. Como un amor no
correspondido, pero que tampoco cicatriza, porque es como una herida que sigue
abierta a la espera de que esas manos amadas, aunque esquivas, sean las que
vengan a sanarla.
Leer sobre los ochenta y sobre Alfonsín tiene connotaciones
muy particulares para mí. Nací el 30 de marzo de 1982. Ese día la CGT se
movilizó en contra de una dictadura que respondió como lo hacen las dictaduras:
con palos y gases. Por esas casualidades, la habitación en la que mi madre permaneció
internada luego de la cesárea era la que tenía el mástil del sanatorio que daba
a la calle. Así que cuando se anunció el operativo militar en las Islas Malvinas,
una enfermera entró a la habitación con el pabellón nacional para izarlo en homenaje
a la decisión de ese mismo gobierno contra el que, en el día de mi nacimiento,
la central obrera se había movilizado. Mi madre no se habría puesto muy feliz
por la noticia.
Por supuesto, esos recuerdos no son en primera persona.
Son el legado de la narrativa familiar. Pero ya indican lo que es la idea fuerza
de estas líneas: el contexto histórico como laberinto. Al leer los libros de
Gerchunoff y de Torre no podía dejar de preguntarme todo el tiempo cómo era que
cada de una de las acciones que ellos relataban había impactado en mi hogar, en
la vida de mis padres, en la de mis familiares y amigos. Leer sobre el
estallido hiperinflacionario de fines de los ochenta como un fenómeno macroeconómico
que impuso duras condiciones a la transición del mando entre los dos primeros
presidentes de nuestra democracia parecía algo abstracto cuando podía
contrastarlo, ahora sí, con mis primeros recuerdos: empleados en el
supermercado remarcando los precios, juguetes que ese niño les pedía a sus
padres -recuerdo particularmente los muñecos de He-Man- y que cada semana eran
más caros e imposibles de comprar para dos asalariados que, como ocurre con los
asalariados, siempre pierden contra la inflación.
Los estadistas o quienes pretenden serlo no se contentan
con intentar salir del laberinto. En cambio, se proponen tirar abajo las
paredes, rediseñar la realidad que los rodea. Si un Mesías es capaz de milagros
que van en contra de las leyes de la física, un estadista creé que puede
realizar el milagro del cambio social, de la transformación de las reglas que,
antes de él, imponían restricciones que parecían insalvables. Raúl Alfonsín no
fue la excepción. Por supuesto, el voluntarismo alfonsinista tenía su propio
milagro para concitar la fe de sus seguidores: la victoria electoral de 1983 sobre
un peronismo hasta ese momento virgen de derrotas. Ese milagro fundacional
auguraba una nueva era. Como es sabido, y como Gerchunoff explica con una
claridad y síntesis encomiables, Alfonsín trató de tumbar las tres paredes que configuraban
su laberinto: juzgar a los responsables del terrorismo de estado, solucionar la
precaria situación económica y construir una sociedad libre de corporativismo,
principalmente en el ámbito sindical. Tuvo un legado memorable, aunque no exento
de problemas, en el primer caso. Consiguió un éxito pasajero en el segundo campo,
pero que terminó del modo que todos sabemos: muy mal. Y fue cruelmente
derrotado en su tercer objetivo.
Sin embargo, esta primera evaluación, sin dudas
crítica, de la gestión alfonsinista no pierde de vista que la ingeniería de
tirar abajo esas tres paredes del laberinto era especialmente compleja. Lo era porque
Alfonsín quería remodelar el edificio sin que se cayera el techo. Es decir, sin
que la democracia volviera a ser interrumpida por los militares. En cada paso de
la tarea de demoler los límites de su laberinto, Alfonsín debía ser cuidadoso. La
irritación por los juicios podía empujar a los militares al golpe. La crisis
económica podía generar desafectación en la sociedad con respecto a la
democracia. El ataque al corporativismo podía llevar a sus usufructuarios a
pedir colaboración en los cuarteles. En todas sus peleas, la preocupación alfonsinista
era que el techo no se cayera. Y aun cuando el balance de los resultados de su
propuesta arquitectónica sea negativo, lo concreto es que ese objetivo central se
cumplió y es la razón principal por la que Alfonsín es justamente homenajeado a
cuarenta años del reboot de nuestra democracia.
El lector adivinará que, pese a mi mirada crítica
sobre la gestión radical, comparto simpatías similares a las de Torre y
Gerchunoff hacia el protagonista. Esas simpatías pueden ser racionalizadas pero
no vale la pena esconder aquí su componente emocional. Yo nací y crecí en un
hogar alfonsinista. Mis padres, ambos ajenos a la tradición política del
radicalismo, fueron parte de esa marea humana seducida por el Verbo del líder
que recitaba el rezo laico preambular, que convocaba a los conservadores de
Pellegrini, a los socialistas de Palacios e incluso a los peronistas de Perón y
Evita, sin olvidarse, por supuesto, de sus propios correligionarios, legatarios
de Yrigoyen. Mis padres se afiliaron a la UCR cuando la actividad partidaria volvió
a ser legal, pero nunca participaron activamente -con alguna excepción en los
años noventa- de ese partido al que se habían acercado por ese imán que era
Alfonsín más que por las virtudes que pudiera exhibir su entonces casi centenaria
historia.
Me guste o no como dato de mi propia biografía, en mi
casa Alfonsín era objeto de admiración. Y eso lo convirtió, de un modo
inconsciente al principio, en un modelo a seguir. A su manera, la admiración
hacia Alfonsín se volvió una de las paredes de mi propio laberinto, marcando
una parte del rumbo de mi vida. No entraré en detalles, pero de niño me propuse
tres objetivos, todos ellos basados en la vida de Alfonsín, de los cuales
cumplí dos. Me quedo conforme porque el tercero, ser Presidente de la Nación,
no solo es imposible sino que, además, y sobre todo luego de haber leído el Diario
y El planisferio invertido, me provoca angustia el solo pensar en tener
que asumir una responsabilidad de esa clase. En cualquier caso, la admiración
hogareña a Alfonsín explica -aunque no justifique- las simpatías que tengo hacia
su figura.
No quiero prolongar más estas líneas. No tengo muy
claro qué me empujó a escribirlas, salvo una muy vaga necesidad de desahogo por
haber leído dos obras de historia que también describen el contexto de mi
propia vida. Ambos libros son sumamente instructivos para entender el laberinto
en el que estábamos como país hace cuarenta años. Mi angustiosa sensación es
que durante todo ese tiempo no solo no pudimos romper sus paredes, sino que
nosotros mismos fuimos levantando otras nuevas, restringiendo cada vez más
nuestra propia capacidad de acción. Simultáneamente, mantuvimos una esperanza dogmática,
fundada más en el voluntarismo que en los hechos, de que en algún momento
seremos capaces de escapar. Quizás eso explique por qué tenemos una sensación permanente
de agonía. Y por qué algún bálsamo momentáneo, como ganar el Mundial, nos
invitó a sumergirnos en una especie de canto del cisne colectivo, mitigando por
un momento la frustración de tropezarnos siempre contra las mismas paredes del
laberinto.
En cualquier caso, esa necesidad de desahogo fue una
invitación para tratar de entender el laberinto y, tal vez, aprender a salir de
él. Por eso, decidí crear este blog. Porque aunque la agonía duele, vivir sin
esperanzas es como vivir sin buscar amor: sencillamente no es vivir.



Excelente Pedro tu reseña de los libros y referencias autobiográfica. Bienvenido tu blog estimado. FV
ResponderEliminarSoy un prematuro estudiante de Derecho. Espero leerte mucho más. Éxitos
ResponderEliminarMe gustó lo de "cortesías ditellianas". Tu narrativa familiar siempre me pareció muy interesante y celebro el blog por el placer ("para más placer") de leerte más allá de los hilos. Go ahead.
ResponderEliminarExcelente ! me gustó mucho.
ResponderEliminarBárbaro Pedro este blog! Excelentes tus reflexiones y también esperanzadoras de este hermoso complejo país del que somos parte. Esperemos ansiosos las próximas publicaciones del blog. Saludos! Eugenia Silva G.
ResponderEliminarUna belleza su relato. Saludos.
ResponderEliminarBuenísimo Pedro, compartimos esa agónica esperanza. Fuerte abrazo
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